EL MITO DE LA DIOSA FORTUNA

CAPITULO 8.

Hubo una época en que los destinos de la humanidad dependían de los caprichos de los dioses. El Olimpo era el templo donde se cocinaban los más bellos y los más horrendos sucesos del mundo terrenal. Terremotos, guerras, amores trágicos y monstruos invencibles eran creados, enviados y decididos por la comunidad mitológica.

Entre todos, Zeus era el más imponente. Jefe y padre de todos los demás, gobernaba con mano dura y hacia valer su voluntad y capricho sobre cada suceso, cada hecho, cada instante. Como todos los dioses griegos, Zeus distaba mucho de ser moralmente correcto, enfáticamente respetable o políticamente justo. Más bien se le describe como irascible, caprichoso y autoritario. Pero además, Zeus era famoso por su insaciable apetito sexual, siempre estaba enamorándose, conquistando o llevando a la cama a alguna hembra, algún jovencito y alguno que otro animalejo simpático seductor. De sus aventuras sexuales ( no eran épocas de preservativos ni de cálculos controladores de la natalidad) nacieron algunos dioses, varios semidioses y unas cuantas extrañas criaturas.

Una noche, borracho de vino y de pasión, Zeus se acostó con la hermosa Thetis, diosa de lo legal y lo justo, a la que hacia tiempo que le había echado el ojo. De esa unión entre lo anárquico y lo que debe de ser, nació Tykhe (para los romanos Fortuna), hermosa muchacha que gozaba de los favores de su padre (cosa bastante poco frecuente en lavida de Zeus)

Cuenta la leyenda que, ya desde pequeñita, Zeus la mandaba a buscar y la hacia conducir a su presencia para que permaneciera cerca de el. Para intentar entretenerla, el dios supremo pidió a cada uno de los habitantes del Olimpo que enseñara algo a su hija preferida.

A Mercurio, específicamente, le encomendó que la entrenara para correr mas rápido que nadie. Ya a los ocho años, Fortuna movía sus pies más rápido que los alados tobillos de Mercurio y era capaz de ganarle una carrera a cualquiera: dios, humano o bestia.

A Deméter le pidió que le enseñara todo sobre la cosecha y los arboles frutales. Fortuna sabia diferenciar, con velocidad y precisión, cada una de las especies vegetales de Frecia. Sabia donde crecia cada arbusto, cuando florecía cada plantita y cómo cosechar cada siembra.

A Hera, su legítima esposa, Zeus no le pidió nada. Quizá por celos, la diosa de la estabilidad y la familia no quería ni ver a Fortuna. De hecho, cuando Tykhé cumplió los quince años, Hera impuso en el Olimpo una regla de moralidad: nada de hijos bastardos entre dioses. Aquellos que no fueran hijos de una unión pura, debían morar entre los humanos. Sin embargo, ya era tarde para contrariar a Zeus. El astuto jefe había urdido un plan para que Fortuna, por fuerza, debiera quedarse entre los dioses, y no solamente no fuera rechazada, sino todavía más cuidada y mimada por todos. Para ser un dios, como se sabe, hay que ser inmortal, sano, joven y bello de forma permanente. Esto se conseguía bebiendo cada mañana la cantidad necesaria de néctar y comiendo la dosis imprescindible de ambrosía, los alimentos sagrados que otorgaban esos dones.

Cuando el entrenamiento de Mercurio y Deméter hubo terminado, Zeus anunció cambios en el Olimpo. A partir de aquel día, el néctar y la ambrosía no aparecerían mágicamente en una botella en  la cesta de sus desayunos, sino que se encontrarían en los primeros frutos de cada mañana de los arboles de la tierra. Las primeras manzanas, los primeros melocotones, las primeras fresas de cada día llevarían en su pulpa los nutrientes mágicos para mantener a los habitantes del Olimpo jóvenes y saludables, y, por lo tanto, inmortales, y, por lo tanto, dioses. Para evitar que los humanos comieran de esos poderosos elixires, Zeus dictaminó que el más pequeño rayo de sol que bañara los frutos recién nacidos inactivara los líquidos mas preciados.

El plan estaba completo. Pero ¿quíen podría reconocer y recolectar los primeros frutos del día, tan hábil y velozmente como para que las primeras luces del sol no los alcanzaran? Únicamente Fortuna.

Y así fue. Todas las madrugadas, Fortuna salía presurosa a recorrer los primeros frutos de cada árbol antes de que el sol dañara su maravilloso contenido. Los reunía en un cesto y velozmente los subía al Olimpo para el desayuno de los dioses, que aplaudían y festejaban su eficiencia. Una mañana, Foryuna no llegó a tiempo. Los dioses empezaron a desesperarse. No pasaba nada si un día no se alimentaban del néctar, pero si la ausencia se prolongaba morirían, enfermarían o, peor aún, envejecerían.Una comisión de dioses fue a buscara Fortuna por las calles de Frecia. Allí se enteraron de que un pescador la había atrapado accidentalmente mientras lanzaba la red al Egeo. Fascinado por su belleza y sorprendido por el destino de su carga, no quiso dejarla partir. Los dioses se aparecieron ante el pescador y le preguntaron qué quería a cambio de dejarla ir.

El hombre, temblando, preguntó:

-¿Puedo pedirlo que quiera?

-Lo que quieras- dijeron los dioses-, se te concederá y la dejaras en libertad.

El pescador pidió, y todo lo solicitado le fue concedido, después de lo cual Fortuna estuvo libre otra vez. Los dioses volvieron al Olimpo. Su provisión de alimentos estaba otra vez a salvo y en buena manos.

Entre los humanos empezó a correr la voz. El que atrapara a Fortuna podría pedir a los dioses lo que quisiera, porque ellos se lo concederían a cambio de su libertad. Enterada del peligro,Fortuna tomó más y más precauciones y pidió al resto de los dioses que le enseñaran algunas cosas más, en beneficio mutuo.

De Diana aprendió a escabullirse para que nadie la viera. Empezó a viajar con mucho sigilo, sin dejar que se notara su presencia. De Afrodita, a peinar su hermoso y largo cabello bien estirado y rematado en una maravillosa trenza, que, en lugar de peinar hacia la espalda como había hecho hasta entonces, empezó a dejar caer hacia delante, saliendo de su frente y descendiendo hasta el pecho. De Urano aprendió a no dejarse atrapar por nadie, y de Ares la estrategia de la guerra.

Posiblemente, como producto de todo este aprendizaje, y por temor a que le tendieran una emboscada al hacer su camino habitual, Fortuna decidió que su andar no debía ser previsible. Para evitarlo, tomó como caprichosa decisión: su pie jamás debería pisar su propia huella. Un poco por hábito y mucho seguramente por sus excentricidades, esta decisión se volvió obsesión, y la diosa Fortuna se cuidaba muy bien de no volver a pasar dos veces por el mismo camino. De Baco aprendió las virtudes del vino para así emborrachar a los que consiguieran atraparla y escaparse, dejándolos sin nada.

Cuenta la leyenda que sigue siendo cierto que, si en tu camino atrapas alguna vez a la diosa Fortuna, los dioses te concederán lo que desees para que la dejes libre.

Y por lo tanto

Recuerda…

Deberás estar atento, con los ojos bien abiertos y la mirada curiosa.

Deberás cambiar de lugar en vez de esperarla siempre en el mismo sitio, porque bien podría ser que ya haya pasado por allí y nunca repita su paso.

Deberás verla acercarse, reconocerla.

Tendrás que acercarte cuando pase por tu lado: si te distraes no podrás agarrarla ni de la trenza por que esta cuelga hacia adelante.

Si se te escapa no la persigas, porque corre mucho mas rápido que tú.

Solo aprende y permanece alerta para la próxima vez que te cruces con ella.

 

CAPITULO 8 DEL LIBRO EL MITO DE LA DIOSA FORTUNA POR JORGE BUCAY.

CAESARS PALACE HOTEL, LAS VEGAS NEVADAS. 12:51 P.M.

 

2 comentarios sobre “EL MITO DE LA DIOSA FORTUNA

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